No había nadie más en aquel bar, sólo
aquellos dos jóvenes bebiendo algo caliente que les ayudara a superar ese frío
invernal.
Él estaba enamoradísimo de ella, pero era incapaz de decirle todas aquellas palabras que tanto ensayaba delante del espejo y que soñaba con soltar algún día. Se conformaba con mirarla a los ojos, en un pequeño intento de manifestar esas pasiones que habitaban su corazón. Ella ya había captado los sentimientos de su amigo, que sumándose a los suyos, llenaban cada recoveco de aquel pequeño bar. Pero su extremada timidez le impedía ser la que diera el primer paso.
Palabras tontas cruzaban de una punta a otra de la mesa, palabras sin compromiso que escondían aquellas que con tanta fuerza luchaban por salir. Él necesitaba declararle su amor y ella esperaba que lo hiciera de una vez, un sueño imposible, porque entre ellos había una barrera psicológica insalvable.
Pero la imaginación no tiene límites cuando se trata del amor. El chico tuvo una idea al ver su móvil sobre la mesa. La llamó sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando la chica descolgó, empezaron a hablar, como si fueran invisibles. El chico no pudo callarlo durante más tiempo y le dijo que la amaba. Ella contestó que todas las noches soñaba con él. Expresiones de amor volaban en todas direcciones por el aire de la habitación y a través de los miles de kilómetros que recorrían sus voces antes de ser escuchadas a través de ese invento que salvó el gran abismo de timidez que los separaba.
— Te amo, te amo—, le decía el chico.
— Oigo dos voces a la vez, ¿a cuál de ellas debo creer?—, preguntó ella.
El chico le dijo que creyera en el amor.
Por fin he leído esta relato tan tierno. Para que luego digan que la tecnología no trae nada bueno :) Las palabras importantes siempre encuentran el momento en el que salir.
ResponderEliminar