domingo, 3 de marzo de 2013

Nunca te enamores de un poeta

Mira que te lo advertí una y otra vez: «Nunca te enamores de un poeta, que es capaz de tocarte el alma tan sólo con palabras y grabará sus huellas en tu corazón con tinta indeleble». Pero tú nada, te lanzas a la aventura, saltando sin red a una historia que no puede sino salir mal. 

No pretendas ser la musa de un poeta: te metamorfoseará en verso. Y simplemente serás un amor con rima. Una nueva metáfora. Una hipérbole abandonada. Otro poema más.

martes, 5 de febrero de 2013

Paperman



A veces un simple contacto visual puede cambiar repentinamente tus planes.
A veces un encuentro casual con otra persona puede marcar un antes y un después en tu vida.
A veces la magia surge y el destino hace de las suyas, regalándote unos instantes únicos.
A veces recuperar esa complicidad fugaz y momentánea no es fácil, pero merece la pena construir cientos de aviones de papel e intentarlo una y otra vez.

Porque a veces las grandes cosas tienen principios pequeños.






martes, 15 de enero de 2013

El tarro de los sueños



Érase una vez una niña que guardaba cada uno de sus sueños en un pequeño tarro que antaño guardaba mermelada de fresa. Hay personas que guardan monedas en un cerdito para ahorrar algo para cumplir sus deseos, pero ella prefería guardar directamente los sueños, porque los sueños no son cuestión de dinero, sino de corazón y fe. 

Un viaje a París para enamorarse; un paseo entre las ruinas de una Roma eterna, que parece inamovible al paso del tiempo; una moto con la que recorrer Italia y perderse entre historia, arte y amores de películas; una cámara para fotografiar el Partenón y una foto que le permita no olvidar jamás que estuvo en el mismo lugar donde nació toda la cultura occidental; una bola del mundo mágica para poder viajar rápidamente a cualquier parte del mundo: desde México a Madrid, de Oxford a New York, de Granada a Berlín; un alma de poeta, para perderse entre papeles y plumas, entre versos y realidad; una tesis y una cátedra; una biblioteca donde siempre hubiera espacios para más libros; un “te quiero” inesperado; un billete a la Luna; una estrella con su nombre, a la que viajar cuando las cosas se pusieran feas, un refugio seguro; una vida eterna para hacer todo aquello que quería; ¡incluso llegó a desear un corazón nuevo cuando los juegos de adolescencia hicieron más daño del esperado!

Y durante años fue colocando con sumo cuidado cada uno de ellos en aquel pequeño tarro, cada vez más lleno de ilusión, pero más vacío de espacio. Así que, para poder seguir soñando, decidió cambiar el tarro por uno más grande. No pensó nunca que sus sueños pudieran llegar a pesar tanto y con su descuido lo único que consiguió es dar con ellos en el suelo, esparcidos por toda la cocina, y muchos rotos en miles de pequeños pedazos. Y al ver cómo todos sus sueños se habían ido al traste, no pudo hacer otra cosa que llorar. Lloró y lloró desconsoladamente durante horas.

Hasta que al fin comprendió que los sueños rotos, como cualquier taza que se rompe, también se pueden pegar. Un sueño roto bien pegado puede volverse aún más bello de lo que era. Y con paciencia y mucha ilusión (porque no hay mejor pegamento que ese) consiguió recuperar su tarro y cada uno de sus sueños. Y siguió soñando porque, al fin y al cabo, soñar no cuesta nada y los sueños siempre pueden hacerse realidad. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Pintar el mundo



Me he comprado una caja de colores. Siempre odié colorear, pero últimamente la vida se ha vuelto demasiado gris, y ya va siendo hora de devolverle los colores a mi mundo.
Pongo un poco de verde esperanza por allí, un poco del azul del mar en calma por allá, un pelín del naranja del atardecer más bonito del mundo alrededor, y rojo, mucho rojo, en el centro, dentro del corazón.

Y ¡voilà! He aquí mi primera obra de arte: tu sonrisa. ¡Ya jamás faltarán luz o color a mi mundo! Porque desde hoy será el pincel con el que colorearé la felicidad en mi cara.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Café con dos cucharadas de corazón


No había nadie más en aquel bar, sólo aquellos dos jóvenes bebiendo algo caliente que les ayudara a superar ese frío invernal.
 
Él estaba enamoradísimo de ella, pero era incapaz de decirle todas aquellas palabras que tanto ensayaba delante del espejo y que soñaba con soltar algún día. Se conformaba con mirarla a los ojos, en un pequeño intento de manifestar esas pasiones que habitaban su corazón. Ella ya había captado los sentimientos de su amigo, que sumándose a los suyos, llenaban cada recoveco de aquel pequeño bar. Pero su extremada timidez le impedía ser la que diera el primer paso.
 
Palabras tontas cruzaban de una punta a otra de la mesa, palabras sin compromiso que escondían aquellas que con tanta fuerza luchaban por salir. Él necesitaba declararle su amor y ella esperaba que lo hiciera de una vez, un sueño imposible, porque entre ellos había una barrera psicológica insalvable.
  
Pero la imaginación no tiene límites cuando se trata del amor. El chico tuvo una idea al ver su móvil sobre la mesa. La llamó sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando la chica descolgó, empezaron a hablar, como si fueran invisibles. El chico no pudo callarlo durante más tiempo y le dijo que la amaba. Ella contestó que todas las noches soñaba con él. Expresiones de amor volaban en todas direcciones por el aire de la habitación y a través de los miles de kilómetros que recorrían sus voces antes de ser escuchadas a través de ese invento que salvó el gran abismo de timidez que los separaba. 
Te amo, te amo—, le decía el chico. 
Oigo dos voces a la vez, ¿a cuál de ellas debo creer?—, preguntó ella.

El chico le dijo que creyera en el amor. 




sábado, 15 de diciembre de 2012

Inspiraciones catulianas



At tu, Catulle, destinatus obdura.


Estúpida Laura, deja ya de hacer el tonto y eso que ves que ya está más que muerto, dalo por perdido. ¡Ay! Brillaron para ti radiantes soles, cuando aquel joven aún te sonreía. Pero ahora que él ya no te quiere, no lo hagas tú tampoco, no le sigas. Mantente firme, resiste, endurece tu corazón. No merece la pena estar triste.

¡Adiós, muchacho! Ahora tomo las riendas de mi vida.  No te buscaré ni te rogaré que vuelvas. Y aunque me torture imaginándome esos nuevos labios que morderás, me mantendré firme.