A Leti, que acuñó conmigo esta expresión y es su representante número uno.
Te quiero
Soy una terrorista emocional. Lo
he (re)descubierto cuando he visto manar la sangre tras quitarle la postilla a las
cicatrices tras horas de masoquismo llenas de canciones de cantatristes
variados, versos de poetas desesperados y relatos amorosos no aptos para
diabéticos o depresivos. Todo eso que parece que alguien escribió para mí y mis
circunstancias.
Luego ha entrado en escena mi corazón,
tan oportuno siempre, trayendo consigo un nuevo nudo en la garganta, que solo consigo
deshacer escribiéndote como si no hubiera mañana, como si estas palabras fueran
la única forma de quitarme las ganas de ti. Pero nunca son suficientes, sobre
todo cuando mi mente vagabundea por los recuerdos de lo que pudo ser y jamás
será. Y es entonces cuando reapareces tú, tan cariñoso y dulce, con una mirada entre pícara
y tierna, con esa chulería innata y
la seguridad del que sabe que no será rechazado. Ahora es cuando comprendo que nunca debí dejarte
salir del cajón y alejarme de la amistad con la que nos lamíamos mutuamente las
heridas de un pasado que nos unía por la similitud de las experiencias a
olvidar. Soy y fui una tonta. Siempre supe que dejarías ruinas y desolación a
tu paso. Y que todo sería en vano (salvo esta inspiración que me has dejado y
que pago a tan alto precio). He tardado demasiado en comprender que el amor no
debe ser complicado, no se alimenta de migajas ni de mentiras. El amor tiene
que ser más que eso. Tiene que ser sencillo. Algo bonito entre dos.
Tú elegiste no elegirme frente a
la belleza de unos ojos verdes. Yo prefiero la sinceridad del que se sabe
vencido y decido no esperarte.
Esta es la última vez que nos
escribo.
Este es el último atentado contra mi corazón.
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