domingo, 9 de noviembre de 2014

Miedo

Miedo. Del latín metus. Lo que viene a decir que a ratos me acojona vivir y a ratos me acoja no sentir(te); que a ratos me creo mi propia mentira de que soy una valiente capaz de saltar al vacío sin paracaídas, sin pensar en consecuencias ni en daños colaterales. Que ya ni el monstruo de mi armario puede tragarse mis miedos. Se han construido un pequeño apartamento en mi pecho y deben estar muy calentitos ahí, porque no hay quien los saque: un nudo que todo lo abraza, que ni sube ni baja. Te lo juro: hay días que ni siquiera sé qué me da miedo.

Pero lo peor llega cuando amanece y es domingo. Ese día el verbo huir me parece demasiado tentador, hasta que la razón vuelve y me recuerdo que no puedo huir de mí conmigo. Las ganas de escapar vuelven a su redil y aquí me quedo yo, conmigo, contigo pero sin ti, con mi tesis, con las inseguridades y mis fantasmas académicos, con todo este maldito totum reuolutum que tengo entre la cabeza y el corazón. Y te juro que sigo sin saber qué me da más miedo: el amor o la soledad, las dudas o las certezas, las casualidades que a ratos nos acercan o mis ganas de correr en otra dirección, si es mejor refugiarme una vez más entre tus brazos o dejarme llevar y perderme en nuevos cuerpos, mis tendencias al terrorismo emocional o dejar de sentir. Te lo juro. Hay días en que no sé qué me da más miedo.

Hoy arrastro un futuro incierto y algunas copas de más. Ya ni los gin tonics me salvan de mi presencia ni de tu ausencia, ni las sábanas y ni los presentimientos de mi madre me curan. El miedo al fracaso que se respira a mi alrededor se huele a kilómetros de distancia. Y no olvides que los miedos se alimentan de miedos y yo tengo un surtido.
Y te juro que hoy no sé que me da más miedo.