miércoles, 10 de abril de 2013

¡Malditos pies!

La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.
Pablo Neruda

¡Malditos pies! Hoy han vuelto a jugarme una mala pasada. Y sin darme cuenta me he visto recorriendo los mismos lugares y te he descubierto a mi lado, como en aquellos días de julio, jugueteando con mis dedos y atrapándolos entre tus manos. Me he sentado en aquel bar y me he perdido de nuevo entre la tranquilidad del mar y la inmensidad de tu mirada. ¡Y has vuelto a encontrarme las cosquillas! ¡Hasta se te ha levantado la sonrisa!

Y mientras sigo caminando, resuenan en mi mente unos versos de Neruda y Van Gogh pinta para mí un paisaje en el que no caben despedidas.

No olvides nunca que este sur te debe su vuelta a las sonrisas. No olvides nunca que mi sol sale por Alicante. Y, por favor, no me olvides al segundo gin tonic.


 

sábado, 6 de abril de 2013

Coleccionista de sonrisas


Érase una vez un fotógrafo obsesionado con capturar cada momento importante a través del objetivo de su cámara. No quería dejar de captar cualquier sonrisa con él. Desde muy pequeño, comenzó a manifestar esta extraña atracción por las sonrisas ajenas y con el tiempo se despertó en él un deseo incontrolable por coleccionarlas: allá por donde fuera, buscaba sonrisas espontáneas e inesperadas, nunca le gustaron las sonrisas forzadas de la gente que posaba ante la cámara. De todas ellas, las que más despertaban su obsesión era la de las mujeres. Pero esa no las fotografiaba: las grababa a fuego en su mente, memorizando hasta el más mínimo detalle, estudiándolas detenidamente, conociendo cada matiz, descubriendo que la belleza de una sonrisa no reside en la belleza del rostro que la viste, sino en la sinceridad que ella encierra. Incluso llegó a darse cuenta de que nadie es capaz de sonreír dos veces de la misma manera. Pero la conclusión más importante a la que llegó es que todas las personas, sin excepción, tienen capacidad para mostrarla.

Y durante años siguió coleccionándolas. Llenó salas de exposiciones, vendió millones de ellas. Pero durante todo ese tiempo siempre se olvidó de fotografiar la más importante de todas: la suya.