martes, 15 de enero de 2013

El tarro de los sueños



Érase una vez una niña que guardaba cada uno de sus sueños en un pequeño tarro que antaño guardaba mermelada de fresa. Hay personas que guardan monedas en un cerdito para ahorrar algo para cumplir sus deseos, pero ella prefería guardar directamente los sueños, porque los sueños no son cuestión de dinero, sino de corazón y fe. 

Un viaje a París para enamorarse; un paseo entre las ruinas de una Roma eterna, que parece inamovible al paso del tiempo; una moto con la que recorrer Italia y perderse entre historia, arte y amores de películas; una cámara para fotografiar el Partenón y una foto que le permita no olvidar jamás que estuvo en el mismo lugar donde nació toda la cultura occidental; una bola del mundo mágica para poder viajar rápidamente a cualquier parte del mundo: desde México a Madrid, de Oxford a New York, de Granada a Berlín; un alma de poeta, para perderse entre papeles y plumas, entre versos y realidad; una tesis y una cátedra; una biblioteca donde siempre hubiera espacios para más libros; un “te quiero” inesperado; un billete a la Luna; una estrella con su nombre, a la que viajar cuando las cosas se pusieran feas, un refugio seguro; una vida eterna para hacer todo aquello que quería; ¡incluso llegó a desear un corazón nuevo cuando los juegos de adolescencia hicieron más daño del esperado!

Y durante años fue colocando con sumo cuidado cada uno de ellos en aquel pequeño tarro, cada vez más lleno de ilusión, pero más vacío de espacio. Así que, para poder seguir soñando, decidió cambiar el tarro por uno más grande. No pensó nunca que sus sueños pudieran llegar a pesar tanto y con su descuido lo único que consiguió es dar con ellos en el suelo, esparcidos por toda la cocina, y muchos rotos en miles de pequeños pedazos. Y al ver cómo todos sus sueños se habían ido al traste, no pudo hacer otra cosa que llorar. Lloró y lloró desconsoladamente durante horas.

Hasta que al fin comprendió que los sueños rotos, como cualquier taza que se rompe, también se pueden pegar. Un sueño roto bien pegado puede volverse aún más bello de lo que era. Y con paciencia y mucha ilusión (porque no hay mejor pegamento que ese) consiguió recuperar su tarro y cada uno de sus sueños. Y siguió soñando porque, al fin y al cabo, soñar no cuesta nada y los sueños siempre pueden hacerse realidad.