lunes, 9 de julio de 2012

Y al fin llegó el día


El viernes pasado, 6 de julio, tuvo lugar uno de los momentos más importantes de mi vida: después de cinco duros y maravillosos años, al fin me convertía en filóloga clásica, al fin todas mis ilusiones veían su cumplimiento. Había alcanzado mi meta. 


Y para que no se quede en el olvido, dejaré aquí mi discurso y algunas fotos de ese gran día.


 Queridos compañeros, padres, profesores y demás asistentes. Permítanme que les cuente una pequeña historia:
Érase una vez, una chiquilla que nació por aquellos años en que la Filología Clásica se instaló en este templo de sabiduría. Desde muy pequeñita se sintió atraída por aquella civilización tan lejana en el tiempo, y que paseando por Cádiz se encontraba a cada paso: Gades se abría ante sus infantiles ojos y llegó a sentir tan dentro esa cultura que siempre tuvo claro que algún día aprendería aquella lengua que los mayores decían que estaba "muerta" (¡Qué cosas más raras dicen a veces los adultos!).
Y el tiempo fue pasando, la chiquilla fue creciendo y sin quererlo entró en su vida un nuevo amor: aquellas letras que no era capaz de descifrar la cautivaron, fue amor a primera vista. Y aquellas dos civilizaciones trabaron combate dentro de ella, como el Levante y el poniente lo hacen por las calles gaditanas. Y ninguna ganó, la batalla dio paso a una tregua, que se ha alargado durante siete años.
Y aquella niña, convertida en toda una mujer, siguió los dictámenes de su corazón, a pesar de las voces que le recomendaban escoger otro camino, más fácil, más seguro y con mejores salidas laborales. Pero ella eligió el sendero de las palabras, de las letras puras, del latín y del griego, del conocimiento que día a día recorre un océano de siglos ya transcurridos y que viene a renacer a manos de la curiosidad y la inquietud de algún estudiante.
Se perdió entre los amores de Catulo y Lesbia, entre poemas de Safo, en la desesperación de Dido ante la marcha de Eneas, en la ternura de la despedida de Héctor y Andrómaca, en combates singulares entre aqueos y troyanos, entre troyanos y latinos, entre los orígenes de Grecia y Roma. Y pudo vivir en sus propias carnes, de la mano del grupo de teatro Phersu, el dolor del pueblo argivo ante la muerte de su rey Agamenón, un rebelión de mujeres con Lisístrata a la cabeza, con Avispas las locuras de un viejo ateniense obsesionado con acudir al Tribunal en contra de la voluntad de su hijo y la desmesura de Edipo, que en un solo día descubre su origen y su culpa.
Y aunque no fue precisamente un camino de rosas, no se arrepiente de haber tenido la osadía de ir contracorriente, de hacer una carrera por vocación y no por lo que le pudiera reportar a largo plazo, de todo lo que ha podido aprender entre estos muros, de la gente que ha tenido el placer de conocer: profesores, compañeros de otras licenciatura, grandes amigos al fin y al cabo.
Como habrán adivinado aquella chiquilla soy yo y cinco años después de haber tomado aquella decisión me siento orgullosa de decir que soy filóloga clásica. Porque no debemos olvidar que las lenguas clásicas son ese vehículo de transmisión que nos lleva a conocer lo que fuimos, lo que somos y lo que deberán ser nuestros hijos, no ya como grupo o como Nación, sino como toda una Civilización entera, que respeta, quiere y en cierto modo, anhela sus raíces. Y en estos tiempos que corren, en los que la sociedad y muchas de nuestras autoridades rechazan y menosprecian las letras, no debería olvidarse, ya sea por descuido o negligencia, que una parte tan importante de lo que somos es Grecia y Roma, y que todo está impregnado de tan maravillosa herencia: desde el mundo de la Ciencia hasta el sistema jurídico, heredero directo del romano, la Filosofía, la Religión, el Estado, la Democracia, el Sistema político, la manera de pensar, la forma de afrontar la vida...
Es un gran error, por tanto, concluir que las lenguas clásicas estén muertas. Están muy vivas, no ya como lenguas que se hablen en la actualidad, sino como Cultura y como vehículo hacia la Cultura. Ahora, precisamente ahora, en esta sociedad donde las letras están tan devaluadas, en este mundo lleno de progresos tecnológicos y de vacíos intelectuales, más que nunca debemos tener conciencia del valor incalculable de las letras que ahora ya forman parte de nosotros.
Perdonen esto que acabo de decirles, pero en estos tiempos que corren más que nunca debemos luchar y defender lo nuestro.
No quiero marcharme de aquí sin dar las gracias. En primer lugar a mis padres, porque aceptaron y apoyaron desde el primer momento que yo eligiera Filología Clásica, porque han aguantado mis largas jornadas de estudio, mis enfados ante apuntes imposibles, mi dedicación casi plena a esta carrera... Ellos desde el principio supieron ver que parte de mi felicidad estaba en mis estudios, en completar esta etapa que sin duda constituye un antes y un después en mi vida, y creo que en la de todos los que hoy nos graduamos.
A mis amigos, a los de toda la vida y a los que he tenido el placer de conocer aquí. Gracias de corazón por soportarme en momentos de agobios y por estar ahí cuando os he necesitado.
Y en último lugar, aunque no por ello menos importante, a todos mis profesores. Ellos han sido mis guías en esta travesía que hoy llega a su fin y que da paso a un nuevo comienzo. Ellos han ido prendiendo luces en un camino de oscuras dudas, y han sido capaces de entender mis metas e inquietudes, han sabido alegrar esta senda en los momentos más duros. A todos y cada uno de ellos, mi más sincera gratitud, por haber puesto su granito de arena, sus ganas, su conocimiento, su entusiasmo y, sin duda alguna, su corazón a la hora de hacer de mi lo que soy ahora.
Por descontado, me llevo los mejores recuerdos de esta familia grecolatina que hemos formado aquí profesores y alumnos: un viaje a Grecia inolvidable, fonemas impronunciables (a ver quien de los presentes es capaz de pronunciar una laringal con su apéndice correspondiente), un buen repertorio de chistes (nótese la ironía) y lo más importante: he descubierto que hay personas más locas que yo que en su tiempo libre se dedicaron a escribir cuentos en indoeuropeo (tiene que haber gente para todo).

Con vuestra venia, no diré los nombres de todos y cada uno de los profesores que me han acompañado en esta travesía, pero creo que es necesario hacer una mención especial a nuestro querido don Luis Charlo, leyenda viva de la Filología Clásica pero sobre todo un ejemplo de humanidad. Y haciendo uso de una de sus "charlotadas", ojalá, cuando sea grande, pueda llegar a significar para mis futuros alumnos la mitad de lo que él ha significado para mí, que pueda entusiasmarlos del mismo modo que él lo hizo conmigo, que tenga la misma energía y vitalidad que él en clase.
Compañeros, hoy es un gran día para todos nosotros. Tenemos motivos para estar orgullosos. Hemos conseguido algo importante, además de un título. Nos llevamos de aquí amigos, familia y buenos sentimientos. Este es el fin de una etapa, hoy se abren ante nosotros nuevos caminos que explorar, nuevas ambiciones y nuevos retos. Por ello, hoy no celebramos un fin, sino un nuevo comienzo. Estamos en un punto de inflexión para llegar a nuestro verdadero destino.
Gracias por su atención.
 

  Gracias de todo corazón a todos los que me acompañasteis ese momento tan especial y lo compartisteis conmigo, profesores, amigos, y como no, mis padres, orgullosísimos de su niña.